julia schulz-dornburg

arquitecto

Arquinset - Semana de Arquitectura: 3ra edición de paisajes Conpemporáneos

La tercera y última edición estará dedicada al análisis del nuevo ciclo especulativo inmobiliario que se lucra con la(s) ruina(s) (de la burbuja anterior). Y finalmente podremos responder a la pregunta inicial del 2013. Cuando lanzamos el “¿Qué hacemos con todo esto?”, no supimos anticipar la eficacia con que el mismo sistema que creó los cadáveres sería capaz de adaptarse a la situación y seguir lucrando con sus propios despojos. Ahora sí, podemos constatar que la ruina es un negocio.
 
Los cadáveres han dejado de ser viviendas vacías o inacabadas y territorio semi-urbanizado o recalificado  para convertirse en activos, en muchos casos tóxicos que necesitan su particular sociedad de gestión (SAREB). Se constituyen en  “carteras” y se venden al por mayor al mejor postor: Teide, Bull, Dorian, Crossover juntan realidades tangibles en diferentes partes del país y las convierten en objeto de deseo de fondos de capital de riesgo, intermediarios, gestores y demás actores que sólo suman a su proceso de deslocalización. Se trata de un proceso altamente opaco, de bancos para bancos, de fondos a fondos, que auguran grandes plusvalías fomentadas por unas facilidades financieras creadas específicamente.
 
La conversión de inmueble a mercancía es un hecho contrastado y fomentado activamente  desde las políticas estatales para abordar las consecuencias de la crisis y la burbuja inmobiliaria. Madrid y Catalunya han vendido viviendas de protección oficial. La necesidad de liquidez ha dejado casi 3000 viviendas sociales en manos del fondo Blackstone, cuyo lema “buy it, fix it, sell it”, sólo puede augurarles un futuro de especulación.
Hasta  que no evitemos que se traten a los despojos de la burbuja inmobiliaria como “activos financieros” que se venden y compran, no saldremos de este sistema caníbal de crear, matar y comer los propios hijos inmóviles para luego volver a empezar.
 
Una estrategia genérica aplicada por igual a lo largo de todo del estado español los ha generado, y otra de la misma índole pretende presentarse como su solución. Sin nombrarlos como los que son, viviendas que no cobijan a nadie o territorio consumido sin para que, pueden seguir habitando este limbo abstracto llamado mercado, que responde a unas reglas especulativas que nada tienen que ver con un derecho fundamental recogido en la constitución.

Estos cadáveres, deberían ser gestionados con la máxima  transparencia y garantizar que el beneficio de su enésima venta incluya una plusvalía para la comunidad en que se halla. Las negociaciones de algunos ayuntamientos y la Sareb sobre la posibilidad de ceder pisos vacíos por una temporada limitada son primeros intentos, aunque  tímidos, de combinar el interés comercial con una necesidad social.
 
Un cadáver sin nombre es solo un activo más con que lucrarse, es neutro, sin cargas emocionales, personales, locales o culturales. Con nombre y apellido, cara y ojos será algo más difícil justificar que la mejor solución es revender la ruina para el beneficio de unos amos que son ajenos fiscal y geográficamente al lugar donde la ruina habita. Cada caso requerirá una propuesta diferente y los agentes serán distintos. Pero la información facilita la posibilidad construir una propuesta contrastada y es una herramienta clave para exigir transparencia y ejemplaridad en la gestión de nuestro bien común.